2012/03/16

Automitología


La carlina acanthifolia es una de las plantas más utilizadas en el Pirineo como protectora del hogar. He aquí ejemplos de Arlés, en el Vallespir;
de Son, en la pallaresa Vall d’Àneu;
de Ituren, en Navarra.

No es de extrañar, pues, que el Museo Barandiaran de Ataun, en Gipuzkoa,
haya decidido protegerse/identificarse con una eguzki lore: de raíces evidentemente precristianas, cumple las mismas funciones que los elementos benditos que ha generalizado el cristianismo, como las hojas de laurel en forma de cruz de Bausén, (Val d’Aran),
o cruces con laurel bendecido de Zubieta (Navarra).
Cristiano y pagano no son términos contradictorios, sino complementarios: en Ezkurra, localidad vecina a Zubieta, junto al laurel bendecido protege la casa un eguzki lore.

Ni que decir tiene que es su forma la que le ha dado el nombre vasco: flor del sol. A diferencia de otras plantas, cuya efectividad mágica no nos resulta evidente si no es por momento en que se recogen (espinos, fresnos, helechos… de San Juan), en este caso está claro su simbolismo con la luz, el día, la vida… valores positivos que dejan sin fuerza cualquier tipo de mal. A ello se añade una particularidad: los genios malignos no podrán entrar en el edificio protegido por la eguzki lore hasta contar todos y cada uno de los pelillos que componen el “sol”. Y nunca pasa eso antes de que llegue el día. Cómo iban a conseguirlo, por muchas brujas que se juntaran, si en Zubieta, por ejemplo, no podían salir hasta contar todas las alubias de un celemín. En la Garrotxa eran granos de trigo, los que había de contar el follet, el duende que quisiera entrar en la casa.

El espacio y el tiempo protegido protegidos por el sol y los alimentos básicos ante el caos externo… Todo muy interesante, y muy conocido; por eso, ahora querría centrarme en otro aspecto: el patrimonio mítico puesto en valor… identitario. Sin entrar a explicar cómo, ni mucho menos entrar en las cenagosas aguas de las mitologías nacionales/nacionalistas, es evidente que las pegatinas del burro català, o la oveja latxa en el caso vasco, son respuestas a las del toro de Osborne, símbolo de la españolidad. Resulta más difícil llegar a entender cómo una planta silvestre, de evidente simbolismo pero no muy vistosa cuando se seca y realmente áspera al tacto, que poca gente encuentra cerca de sus casas o en sus salidas campestres,
carlinas en el circo de Estaubè, en la más alta Bigorra
llega a convertirse en una pegatina y por tanto un icono identitario… ¿pirenaico? ¿solo vasco? ¿Saben quienes la llevan que se halla en las puertas por todo el Pirineo? ¿Saberlo cambiaría su percepción sobre ella? Eso, por no hablar de las identidades locales, como el pottok (poney) transfronterizo navarro-laburdino, o la pegatina de joaldun de Ituren o Zubieta (ojo: una u otra, no las confundan, que insultarían sus respectivas identidades locales).




Lo que no necesita explicación, en nuestra cultura actual, es la necesidad de proteger y/o identificar, cada cual con sus propias referencias míticas, algo tan importante en nuestras vidas como es el coche. Pero eso sí que es otro tema.

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